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¡Que prime la sensatez!

 ¡Que prime la sensatez!

Por: Francisco Martínez Ferreira

Colombia enfrenta uno de los momentos más críticos de su historia, derivado de la acumulación de injusticias, atropellos, crímenes, corrupción descontrolada y exagerados privilegios concentrados en un pequeño porcentaje de la sociedad. En manos de Duque, estalló una bomba social sin precedentes, pero previsible, pues no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, sentencia el adagio popular.

Las reclamaciones sociales, son más que legítimas, eso nadie lo discute. Colombia, es considerado uno de los estados más inequitativos del mundo, donde la gente está, literalmente aguantando hambre, donde las oportunidades se reservan para quienes tienen abolengo, dinero o gozan del aprecio de algún cacique político. El resto de los mortales o se gana el baloto (cosa que nunca pasa) o se resignan a una vida de precariedades y limitaciones. La felicidad, que es una aspiración connatural del ser humano, está reducida a unos pocos, que, aunque nacieron bajo el mismo sol, no tienen derecho a la misma sombra.

Todos estos factores se profundizaron con la llegada de la pandemia, un acontecimiento que terminó por desnudar la durísima realidad que nos acorrala: Un país incapaz de dar respuesta a una emergencia porque su sistema de salud es una soberana porquería, destruido por la avaricia de políticos malechores y de capitalistas desalmados que volvieron al ser humano una mercancía barata, indigna, un código, un redito económico.

Un país donde los millones de pobres se volvieron miserables y los que aún se balanceaban en la cuerda frágil de la clase media, terminaron empobrecidos, por un sistema injusto que metió las manos en sus bolsillos para extraerle lo poco que le quedaba de esperanza. Aquí no se trata de cuestionar a los ricos, a los multimillonarios, lo que duele, es el poco interés que ellos tienen en ayudar a resolver los problemas complejos de la gente. Los pobres, se vuelven miserables, los de la clase media empobrecen, ¿y los del billete? Ahí bien, gracias. Para ellos, nada pasa, sus cuentas corrientes se engordan y sus exorbitantes ganancias crecen y crecen sin parar, porque ninguna crisis los afecta.

La cereza en el pastel, la puso el gobierno al plantear una reforma tributaria lesiva al interés general, mal vendida, erróneamente comunicada y bajo la vocería de un ministro que hace gala de una pedantería y un “meimportaunculismo” que revienta la úlcera de cualquiera, sin mencionar la docena de huevos en mil ochocientos pesos. Tal vez el gobierno no lo quiso, pero en todo esto se ha mostrado como cínico, indolente, inconsciente, insensible y eso no lo aguanta nadie.
Todo esto para decir que la protesta está más que justificada, que en este país deben cambiar muchas vainas, que no podemos seguir por este camino que nos llevará a un abismo, que nos pondrá en caída libre en un precipicio sin retorno, pero no es menos cierto que estamos frente a una situación sin antecedentes en la vida reciente de la humanidad. El covid19 mata a miles de personas diariamente en el mundo y nuestra amada Colombia no es la excepción. Aquí, en el departamento de Córdoba, hemos despedido a grandes amigos, personas excepcionales, padres de familia ejemplares, compañeros, colegas y vecinos y así a lo largo y ancho del territorio, la pandemia se está llevando lo que más queremos.

Las Unidades de Cuidados Intensivos no dan abasto, los médicos y enfermeras están agotados, las cifras de contagio se disparan, los fallecimientos van en aumento, el dolor y la impotencia nos invaden, mientras las lágrimas se agotan de tanto llorar. Hay luto en el corazón del mundo. Ante esta cruda realidad, por demás innegable, creo que se deberían plantear otras formas de expresión de las masas, métodos de manifestación que no sobre expongan a las personas al contagio ni arriesguen sus vidas.

¿Qué es acaso más importante que vivir?
El término acuñado desde que inició esta locura, se llama reinvención y esto abarca todas las actividades del ser humano, incluyendo la protesta social. Es el momento de ser creativos, de repensar, de reflexionar y de ponderar si lo que se está haciendo hará el bien o causará un mal mayor, un daño imposible de reparar.

Pero el llamado también es al gobierno que debe despojarse de su arrogancia y entender que todo poder proviene del pueblo soberano. La gente quiere ser escuchada y tenida en cuenta, los jóvenes desean exponer sus verdades, reclaman cambios urgentes e inaplazables que den paso a una sociedad más justa e igualitaria. Estos cambios profundos es posible realizarlos en democracia, sin acudir a la violencia, siempre que se razone y que se entienda que el bienestar colectivo es la paz.

Otro asunto no menor, son los desmanes, los saqueos y el vandalismo, que se han vuelto comunes en estas protestas y eso tampoco ayuda a construir unidad ni tejido social, eso fomenta el odio y el resentimiento y promueve en sí mismo una escalada de violencia. Destruir el patrimonio público o privado no es un acto revolucionario sino una expresión salvaje de delincuencia. Craso error insistir en ello.

Estamos cerca a un debate electoral y la mejor revolución, la más pacífica y la más contundente, es la que se ejerce a través del voto. En las próximas elecciones no vendas tu voto, no mancilles tu honor, vota a conciencia y veras como cambiamos sin que nadie tenga que morir o quedar arruinado para que eso suceda. El voto, es sin duda, el más grande acto revolucionario, si lo usamos adecuadamente.

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