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Mujer, el miedo cotidiano

 Mujer, el miedo cotidiano

Por: Marcos Daniel Pineda García

Cierra los ojos y piensa en ella: hermosa, como todas; única, como ninguna; delicada, mas no débil; llena de sueños, con metas más claras que las tuyas, un fuerte carácter forjado al fuego de toda una historia tras de sí, y que hoy vive un nuevo capítulo, ambientado en cualquier acera de Montería, mientras la banda sonora marcada por el ritmo de sus tenis que golpean un adoquín a la vez, es acompañada por la sinfonía urbana de los motores, que afanados, rugen con indiferencia sobre el asfalto.

Agitada por la actividad física que decidió incluir en su rutina y a la vez en paz consigo misma, es sacada de forma abrupta de su mundo, que a pesar de imperfecto es suyo y si la vida fuera justa, nadie en absoluto tendría por qué alterar su curso.

Un cuerpo que por su gracia, naturalmente es de admirar, pero más que por su forma por lo que es capaz de lograr, y pese a que mucho nos atraiga, nunca debemos ultrajar, como fue ultrajada Jessica Torres cuando hacía deporte en plena Avenida Circunvalar y cuyos gritos de auxilio muchos decidieron ignorar.

No te conozco, no estuve ahí, no lo vi y no te oí, pero como ser humano, como ciudadano y como hombre, lamento lo que te tocó vivir. Apenas trato de imaginar lo que sufriste y lo que lloraste.

El miedo que aún debes cargar y que espero puedas algún día superar, el miedo que me da solo pensar en mis hijas, a quienes por más que quisiera siempre acompañar, es un mundo que más temprano que tarde, tendrán por sí solas que enfrentar.

Pienso en Adriana Chevel, cuyo cuerpo sin vida fue hallado en el río Sinú; pienso en Karina Cuesta, encontrada muerta al interior de un costal en Tierralta; trato infructuosamente de encontrar algo de lógica al recordar el caso de Yohelis Herrera, asesinada por su pareja durante el Día de la Mujer.

Temo porque no sabemos quién raptó a la niña Karina Sánchez, que por fortuna apareció con vida en Cereté, tras haber tenido que atravesar solo Dios sabe qué tipo de infierno; distinta suerte a la de Andrea Otero, encontrada sin vida a sus 17 años, en un paraje solitario del barrio Nuevo Horizonte.

Me pregunto dónde estará Sara Sofía Galván, quien con dos añitos y pese a su rostro angelical, fue desaparecida en la fría Bogotá.

A todas ellas, Adriana, Karina, Yohelis, Sarita y a miles más donde quiera que estén, rezo para que Dios las envuelva en su infinito amor y traiga alivio al corazón de quienes las aman.

Hago un llamado a la sociedad a estar alerta ante cada grito de auxilio, a cada hombre que esté cerca, para protegerlas y ayudar a cambiar la realidad de todo un país en el que tristemente a la mujer, se le ha impuesto el miedo como algo cotidiano.

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