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El ocaso de los vende remedios

 El ocaso de los vende remedios

Este cuento, del periodista y caricutarista Jorge Otero Martínez, fue escogido entre los 20 finalistas del II Concurso de Cuento Internacional “on line” Oscar Wilde, en Canadá, con participación de miles de autores del mundo. heynews.co lo publica, como un homenaje al veterano periodista oriundo del municipio de Chinú, por su aporte a las letras y al engrandecimiento cultural del departamento de Córdoba.

Por: Jorge Otero Martínez

Todavía lo recuerdo empacando aprisa su hamaca sanjacintera y sus musetas de trabajar, mientras aguaitaba nervioso por los vértices de la puerta de doble hoja de la sala, mirando hacia los dos extremos de la calle, por donde aparecerían en cualquier momento los hermanos Aguirre, machete en mano, para volarle la cabeza.Después que le dieron la razón de que los ofendidos venían desde la misma Sierpe a cobrar con sangre la honra de su hermano, a Euclides Martínez, el Clive, no le quedó otra alternativa que irse para Venezuela a trabajar de peón en cualquier finca limítrofe con Colombia.La noche se le hizo día. Madrugó a echarse el polvo de despedida y a empacar sus cosas, para coger bien temprano la chiva que lo pondría a salvo. Nunca dijo por qué se iba tan aprisa y, luego de separar la plata del pasaje, le dejó el resto de sus últimas cobranzas a su mujer y se la encomendó a sus padres.No hacía un año se había bajado de su oficio de tractorista en la finca San José del Palmar para meterse de lleno en el atractivo negocio de vendedor veredal de remedios, puerta a puerta. Para acometer tal oficio tuvo que tirar mucha pata detrás de los hermanos Ortiz, más conocidos como Los Guaracha, cargándoles unos maletines de cuero donde llevaban los productos. De ellos aprendió a manejar la labia convincente y enmarañada con que envolvían a su potencial cliente, sin que le dieran un respiro, hasta que éste aceptaba estar afectado por algunos de los síntomas que curaba el frasco que -al fin- tomaban a crédito.Por aquel entonces la reverencia veredal, cándida y analfabeta, nombraba como doctores a todos los que recetaran algún remedio. Y Los Guaracha no eran la excepción.Posiblemente las peripecias de andar a sol caliente, de finca en finca, en los lugares más apartados de Chinú y la región del San Jorge, con un pesado maletín lleno de polvos, unturas, pomadas, emplastos, purgantes, vermífugos y tónicos rejuvenecedores, tenía sus recompensas, pues los “doctores” también utilizaban su verborrea para levantarse unas muchachas trozudas, de carnes apretadas y tetas duras, como bolas de caucho. Y era que la mejor promesa del retorno erótico estaba en que los remedios los dejaban a crédito, para pagos semanales. Sólo bastaba una cuota inicial, el nombre del interesado en un cuaderno y luego, ¡a cobrar!, así fuera en especie. Por eso los vende remedios llegaban a veces con gallinas, pavos, puercos y, de vez en cuando, estrenando burro.Pero lo que nunca se le pasó por la mente al Clive fue que esa actividad le pudiera costar la cabeza, porque una equivocación o “error de diagnóstico” en una finca de la región de Rabón lo llevó a recetarle a un tipazo, semejante a Emiliano Zapata, los últimos seis frascos de Regulador Gesteira que lo tenían encartado desde que salió de San Marcos y de cuya posología sólo vino a saber que eran para trastornos menstruales cuando ya Virgilio de Jesús Aguirre y sus hermanos lo andaba buscando para mocharle la cabeza.Y no era para menos, pues Aguirre era uno de los mozos de finca más afamados por su temple de hombre macho, voz de trueno, bigote espeso y un pecho peludo donde se enredaban las manos de sus mujeres cuando no se quitaban las sortijas para acariciarlo.Aquel símbolo agreste de bravura y fogosidad sexual había hecho huir despavorida a más de una puta riana rejugada que no le aguantó los embates furiosos de amor en una fiesta de toros de San Marcos. Sin miedo a nada ni a nadie, Aguirre, de unos 35 años, sólo tenía un punto débil: le atemorizaba la vejez, la decrepitud. Por eso, aunque no los necesitara, compraba cuanto reconstituyente, elíxir o revitalizador se le atravesara en sus visitas a San Marcos.En su cuarto era común ver botellas vacías de Kuzuk, Bexel, Forzán, Apivitín y otros medicamentos, a veces hasta recetados por radio, que además de preservarlo en salud, le daban la seguridad de seguir disfrutando de las muchachas de la región de La Sierpe, El Limón y Las Chispas, por mucho tiempo.Por eso, cuando ya repechaba el quinto frasco de Regulador Gesteira, Aguirre empezó a sumergirse en una honda y extraña melancolía. Por ese entonces, había perdido una pelea a puño limpio con Lombriz con Dientes, se le había caído gran parte del pelo del pecho; su bigote se le fue poniendo ralito y se le aflautó la voz. Entonces se supo que, contra su voluntad, Virgilio de Jesús estaba en el quicio de la mariquera. Inútiles le resultaron a algunas damas sus intentos de metérsele a media noche en la hamaca, pero efectivos fueron los comentarios de las mismas al regar que Aguirre estaba “rabo’e carnero”.Fue por esos días cuando alguien llevó a la finca un Almanaque Bristol con un aviso del Regulador Gesteira en sus páginas y solo bastó que el capataz, con lectura cancaneada, descifrara –más que leyera- que no era lo mismo regulador que revitalizador y que ese remedio se le daba era a las mujeres para que les viniera “el mes” y les crecieran las tetas.Clive nunca pudo recuperar la totalidad de la plata de muchos remedios regados en la región, pues la familia Aguirre juró vengar la pérdida de la honra de Virgilio de Jesús y tal vez ese fue el principio del fin de los vendedores de remedio casa a casa, puerta a puerta, finca a finca.Años más tarde, después que Clive regresara de Venezuela, siempre que llegaba alguien de la región de Rabón se hacía el de nuevo y trataba de indagar por la suerte final de aquel hombre de vozarrón recio, que tumbaba una vaca matrera de una sola trompada; se recibía hasta cuatro hombres juntos en una pelea a puño limpio y molía cuatro catabres de maíz chorote para bollo chocliado.Algunos decían que después de haberse puesto en manos de un curioso había logrado recuperar la hombría perdida. Otros aseguraban haberlo visto trabajando de mesero en el cabaret de Maño Salas en Lorica y no faltó quien llegara a propalar que terminó como “cabrón de puta pobre” en Barranquilla.Clive optó por hacerse a la idea de que Virgilio de Jesús Aguirre estaba tal como él lo conoció aquella tarde, minutos antes de dejarle a crédito los seis frascos del Regulador Gesteira. Y hasta se alegró un día que vio en el mercado de Sahagún a un muchacho de bigote espeso, parecido a Tom Shellek, con muñecas como bollos de regalo, que era su vivo retrato. Ese fue el último remedio que Clive se autorrecetó para curar su remordimiento y ponerle punto final a su vida de vendedor de remedios, finca a finca, puerta a puerta.

62Rafael Palma Petro, Fernando Rossi y 60 personas más25 comentarios21 veces compartidoMe gustaComentarCompartir

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